Huéspedes

José Saborit

“Marina Núñez”, catálogo, Ed. Fundación Espais, Girona 2001, pp. 7-8

Antes nos hizo visibles imágenes de monstruosa histerización femenina, que acertaban a poner rostro y cuerpo precisos a temores difusos. Algunas de ellas permanecen en nuestra memoria, cumpliendo una legendaria aspiración de la pintura: conjurar el miedo, visualizarlo atrapando sobre la trama de una tela lo que desde su indeterminación inquieta. Ahora la pintura de Marina Núnez se desliza hacia territorios donde lo humano concomita con la máquina. Las relaciones no son claras ni unívocas: las pinturas sugieren conflictividad, disputa, acuerdo o reconocimiento.

Una indeterminada máquina pintada en grises, con óleo sobre tela, oculta en su reverso, de espaldas al espectador,  pero reflejadas en un estratégico espejo, vísceras  humanas digitalizadas sobre la tela que  oponen su orgánica calidez  a la fría geometría.  Máquina y carne, anverso y reverso, se dan la espalda antitéticamente, pero al tiempo, son dos caras de la misma moneda. Un artificio barroco, el espejo, nos muestra la carne oculta en el reverso, la entraña de la máquina.

Después, un corazón mutilado, aunque bien pudiera haber sido cualquier otra víscera, emerge del centro de un  flujo de energía especular,  una espiral galáctica, dando vueltas y más vueltas en torno a lo desconocido,  merodeando como merodea la concha, el cuerno, el caracol. Ese flujo energético no sólo nos conduce hacia fuera, cíclica evolución en pos del mundo, sino también hacia dentro, penetrando la intimidad de lo vivo, recuperando estadios primigenios, allí donde se suspende el orden vigente y los contrarios se reconocen.

Más tarde, una máquina (a la izquierda) y una mano (a la derecha), se conectan e intercambian energías a través de un arco voltaico dorado. De otra mano (también a la derecha) surge otro arco voltaico que termina en un ojo. Otras manos hicieron antes visible el mundo desde la pintura. La mano del Dios creador y benefactor de la humanidad, en la clave del arco del ábside principal de San Climent de Taüll; la mano de Dios que fuera pintada por Miguel Ángel creando al hombre, es ahora  la mano del Hombre creando el ojo de la realidad, el prisma con que la realidad se construye.

Luego, la forma de un cuerpo indeterminado y anónimo se rellena con flujos de energía, electricidad, enlaces neuronales, información, acaso el alma, como decían los antiguos, o tal vez  ríos heraclitianos que fluyen a través del campo corporal.  Se coronan con una enorme cabeza esférica, maquinal, tal vez un ojo, un globo ocular, una escafandra teleológica, instancia inmaterial y superior que mira, domina y  aplasta al cuerpo, lo niega y lo anula.

Por último, desde arriba vemos, en violento picado, hombres transparentes que miran al frente. El privilegiado punto de vista nos ofrece sus cabezas como lo más grande y lo primero. Acaso son soldados, y son sus pieles armaduras que separan lo de dentro y lo de fuera, manteniendo a raya a lo otro. Pero el otro, el doble, está dentro y no fuera, como bien sabemos. Por eso  en la parte superior de sus cráneos, en el cruce entre la sutura sagital y la sutura coronaria que separan frontal y occipitales, se abre una escotilla ovalada por la que, suplicante, como implorando merced, asoma el otro, huésped o parásito albergado, incubo inquietante. Sus tonos dorados brillan más que los sienas tostados que los albergan, pues mantener la otredad a raya, es reprimir la vocación de luz de lo que crece oculto en la oscuridad.

Por debajo de las aparentes dicotomías, interpenetraciones entre anfitriones y huéspedes, visualizan la confusión entre máquinas y cuerpos, entre  lo que supuestamente somos y lo otro amenazante. ¿Es la técnica nuestro producto o somos nosotros el producto de la técnica? Los flujos que  intercambian cuerpos y conductos maquinales  son el líquido amniótico de nuestro deambular por estos tiempos. No deja de ser  misterioso, y es ahí donde la pintura de Marina Nuñez se  hinca en nuestra atribulada conciencia, que sea una mano arrastrando un pincel sobre una tela quien piense en ello, quien de tal modo piense en ello y nos lo haga visible, nos lo muestre. Pues son los artistas quienes están inventando el cuerpo post-orgánico, a medias con los robotistas, pero a diferencia de ellos, la pintura puede mostrarnos su conciencia, como emblema de progreso o de esclavitud.

La antítesis humano-máquina, personificada ejemplarmente por el cyborg, desvela con ironía una paradoja. Troquelada por la máquina del lenguaje, el alma humana no admite distinción entre naturaleza y artificio que no sea falaz: todo en lo humano es artificio, y paradójicamente, sólo en su aceptación reside la naturaleza humana. Por otra parte, como el lenguaje, también la pintura es una máquina, o un artefacto.



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Creada el 12 de septiembre de 2001 Remozada el  12 de septiembre de 2007